
El PP es hoy un problema de grandes dimensiones en un momento crucial de su historia. Algunos daños, incluida la reprobación del liderazgo de Rajoy, auguran malos tiempos para la lírica. 
Madrid * 06/05/2008 - Fuente_ Ricardo Rodriguez - ElSemanaldigital.com
El comportamiento político de Mariano Rajoy empieza a recordar al personaje de El Silencio de los Corderos, el doctor Hannibal Lecter, magistralmente interpretado por Anthony Hopkins. Un hombre aparentemente sosegado que, estando encarcelado en su urna de cristal, esposado, metido en una camisa de fuerza y amordazado, era capaz de dar una brutal lección de escapismo y descuartizar y comerse a sus guardianes, dejando tras de sí un dantesco escenario criminal.
Guardadas las distancias entre ficción y realidad, Rajoy ha pasado a desempeñar desde la derrota del pasado 9 de marzo un papel similar al del doctor Lecter, demostrando una desconocida capacidad para arrasar con todo lo que le rodea con tal de ganar un poco de tiempo. Pero, a medida que el futuro del PP queda a merced de Hannibal Rajoy, crece el nerviosismo y la tensión internas. Lo que nunca debió permitirse el centro-derecha es que el actual jefe de filas, tras dos descalabros electorales consecutivos, tenga a todos los dirigentes trabajando para él, tapándole todas sus responsabilidades políticas.
Los barones Javier Arenas, Paco Camps o Alberto Núñez Feijoo llegaron a creerse que Mariano Rajoy era su preso, su rehén, y ha resultado ser al revés. De esta manera, Rajoy ha pasado de ser para ellos una carga compartida o presunto seguro a convertirse en un levantisco problema. El desbarajuste interno que el gallego ha creado, los aires de trifulcas de familia, de peleas de gallos, de zancadillas entre compañeros de pupitre, no se puede archivar a la voz de "ar" para afrontar un delicado congreso en mes y medio y varias citas con las urnas en el plazo de un año. Una pena, porque sus diez millones de votantes se merecen un respeto. Al menos quienes conservan algún sentido crítico.
El adiós de Acebes…
El anuncio de la esperada marcha de su secretario general, Ángel Acebes, sólo sirve para engendrar más ruido. En realidad Acebes era un cadáver político desde el 11-M. El fusible abulense se fundió en aquellas trágicas jornadas y era necesario su cambio. Pero, ¿era este el momento de pregonar el final de una etapa? ¿Por qué no esperar al conclave valenciano? ¿Se va antes de que lo echen, apartando de su persona el ingrato papel de malo de la película? ¿Acaso la presión de algún barón para que continuase al frente de una Secretaría General descafeinada se había hecho insoportable? Estas son preguntas que a la hora de escribir estas líneas seguían sin resolverse. Con su gesto, Acebes ha querido manifestar públicamente su falta de disposición a continuar con Mariano. Basta con observar ciertos gestos serios, incluido el del propio Rajoy, para entender que ahí hay mar de fondo.
En todo caso, el resultado es que el "leal" Acebes pide lisa y llanamente que se olviden de él, porque no entra en absoluto en sus planes seguir en la primera línea de la política. Que es lo que colaboradores suyos y quienes le conocen un poco sabían de sobra: Que don Ángel está, a lo sumo, para tomar asiento en las filas traseras de la bancada popular en la Carrera de San Jerónimo. Y listo. Y tratar de ser feliz, como todo hijo de vecino.
… Y la patada a Aragonés
En dique seco se encuentra Carlos Aragonés, que fue jefe del gabinete de José María Aznar en los años que estuvo en el Gobierno y coordinador de la Presidencia del PP. En el conclave popular de octubre de 2004, Aragonés se quedó sin cargos orgánicos, pero Rajoy lo recuperó como asesor y le dio la presidencia de la comisión mixta para la UE del Congreso. Hoy, este típico producto de la política, que jamás ha trabajado en una empresa, es uno de los perdedores del aquelarre marianista. Buena prueba de ello es que va sangrando por la herida hasta la redacción del diario El Mundo, reportando con todo detalle al jefe Pedrojota Ramírez sus broncas con Mariano Rajoy.
Porque Carlos Aragonés es, ha sido y será siempre de José María Aznar. Ciertamente, fue una de las personas que más influyó en el otrora presidente del Gobierno para que designase a Rajoy candidato, entre otras razones porque hubiese carecido de futuro con Rodrigo Rato, pero nunca ha dejado de ser algo parecido al pastor alemán de Aznar, el fiel y sufrido chucho dispuesto a recibir la patada cuando el líder estaba de malas pulgas y a recoger, con el mismo amor, las caricias del amo cuando estaba alegre. Este personaje, calado y requetecalado, por activa y pasiva, al diestro y al revés, era un grano en el culo que Mariano Rajoy ha extirpado sin necesidad de cirugía, tan ricamente, con un simple chasquido de dedos.
La lección de Cameron
El ejemplo de Rajoy a seguir podría estar siendo el del Partido Conservador británico, que con el liderazgo del joven David Cameron ha modernizado su formación y le ha quitado los sambenitos de la era Thatcher. Apenas fue elegido en dura pugna, eso sí, abrazó una agenda de modernización que incluía caras nuevas e iniciativas encaminadas a conectar con el electorado joven. A la luz de la indiscutible victoria de los tories en las elecciones municipales del pasado jueves en Inglaterra y País de Gales, lo ha logrado. Y eso que nadie daba un duro por Cameron hace unos meses, tampoco Mariano Rajoy.
Durante la pasada campaña electoral, el presidente del PP no ocultó su admiración por el francés Nicolás Sarkozy y por la alemana Ángela Merkel, sus dos grandes referentes del centro-derecha europeo, y con quienes se hizo una trascendental foto. Forma parte del guión que el jefe de la Oposición busque el apoyo de sus correligionarios fuera de nuestras fronteras. Pero a Rajoy le faltó David Cameron. La versión que me ofreció en su momento Génova es que el aún secretario de Relaciones Internacionales del partido, Jorge Moragas, había descartado al británico para centrarse en el galo y la germana.
Otros van más allá y sostienen que el pujante líder tory estuvo dispuesto a acudir a España en apoyo de Rajoy e incluso ofrecen el pasado 4 de marzo como fecha de la cita. Al final, sin embargo, el PP le comunicó que no era necesaria la visita. Ahora, por lo visto, Mariano Rajoy busca ese impulso audaz que exuda David Cameron y que le ha llevado a erosionar la depauperada reputación del premier laborista Gordon Brown. El hecho es que Rajoy va a por todas. Aunque, como el peligroso doctor de El Silencio de los corderos, deje tras de sí un extenso rastro sangriento de víctimas.